SAN JUAN TEOTIHUACÁN, EDO. DE MÉXICO. LUNES 23 DE MARZO, 2026. – CORTESIA PARA REDACCIÓN NN. VICTOR HUGO RUBIO. –En el marco de la celebración del 3er aniversario del Día Internacional de Teotihuacán y la ceremonia de bienvenida al Equinoccio de Primavera, el 20 de marzo en el Hotel Quinto Sol, el arqueólogo Jesús Torres Peralta, director de Museos de Teotihuacán, ofreció una de las intervenciones más reveladoras al desmontar mitos populares sobre esta fecha y, al mismo tiempo, reivindicar la profundidad científica, astronómica y cultural de la civilización teotihuacana.
Con una exposición clara, el especialista explicó que, si bien el equinoccio se ha convertido en una fecha visible y mediática para visitar la zona arqueológica, en realidad la relación de Teotihuacán con el cielo, el sol y los ciclos cósmicos va más allá de la imagen de personas vestidas de blanco levantando los brazos para “recibir energía”.
El equinoccio de primavera de este 2026, recordó, entró oficialmente el 20 de marzo a las 8:40 de la mañana, momento exacto en que el Sol cruza el ecuador celeste, generando un equilibrio casi perfecto entre la duración del día y la noche. Sin embargo, explicó que la manera en que se celebra esa fecha en Teotihuacán responde en gran medida a una reinterpretación moderna, marcada por influencias mediáticas, espirituales y de la cultura New Age, más que por una continuidad estrictamente prehispánica.
El equinoccio: fenómeno astronómico real, pero reinterpretado por la modernidad
En su exposición, Torres Peralta planteó una reflexión que captó la atención de los asistentes: la noción popular del equinoccio en Teotihuacán, tal como hoy se vive, no necesariamente corresponde de forma directa a los rituales de la antigua ciudad.
“Tal vez tengamos una noción no tan precisa”, señaló, al recordar que la masificación contemporánea de la celebración del 21 de marzo en Teotihuacán cobró fuerza tras la visita del Dalai Lama a las pirámides, en un evento ampliamente difundido por la televisión mexicana y que, según evocó, fue impulsado mediáticamente por figuras como Raúl Velasco. A partir de entonces el imaginario colectivo consolidó la idea de acudir a la zona arqueológica en esta fecha para participar en rituales de renovación energética.
De ahí surgieron prácticas que hoy son comunes entre miles de visitantes: vestirse de blanco, colocarse una cinta roja y subir a las pirámides para “recibir energía”. Sin descalificar del todo esas expresiones, el arqueólogo fue puntual al contextualizarlas: se trata de una “nueva cultura”, vinculada a corrientes New Age y a influencias orientales, dijo, más que a una práctica teotihuacana documentada de manera estricta.
Con ello, Torres no negó el valor simbólico o emocional que esas manifestaciones tienen para muchas personas, pero insistió en que es importante distinguir entre espiritualidad moderna y el conocimiento original de antiguos habitantes de Teotihuacán.
Teotihuacán no es Chichén Itzá: cada sitio arqueológico dialoga distinto con el Sol
Uno de los puntos centrales de su intervención fue aclarar que no todos los sitios arqueológicos de Mesoamérica presentan el equinoccio de la misma manera, y que compararlos sin matices conduce a errores frecuentes.
Torres Peralta explicó que, a diferencia de Chichén Itzá, donde durante el equinoccio puede observarse con gran claridad el famoso fenómeno lumínico y de sombras que parece dibujar el descenso de la serpiente emplumada por la escalinata de la pirámide de Kukulkán hasta llegar a la cabeza pétrea en la base, en Teotihuacán no existe una manifestación visual tan espectacular ni tan evidente a simple vista.
En Teotihuacán la observación astronómica existe, pero se manifiesta de otra forma: en relaciones de alineación, simetría y marcadores territoriales vinculados con el paisaje circundante, especialmente con los cerros que rodean el valle y el trazo monumental de la ciudad, agregó.
La salida del Sol y el cerro Tepayo: la alineación celeste de Teotihuacán
Aunque el equinoccio en Teotihuacán no produce una imagen tan popular como la de Chichén Itzá, el arqueólogo señaló que sí es posible reconocer una relación precisa entre el movimiento solar y la arquitectura sagrada de la antigua ciudad.
Indicó que si se observa desde un punto elevado, el Sol aparece en simetría con el eje del este cardinal y se alinea con un cerro conocido como Tepayo, o una variante fonética similar, según la tradición local y referencias de lengua otomí, lo que sugiere que el paisaje fue leído y utilizado como parte integral de un sistema astronómico y ceremonial.
El arqueólogo señaló que estas alineaciones reafirman que la planeación urbana de Teotihuacán no fue casual, sino el resultado de un conocimiento profundo del territorio, del horizonte y de los ciclos solares. Incluso vinculó esta idea con procesos históricos más amplios, al recordar que los antiguos habitantes de Cuicuilco, tras la erupción del Xitle, habrían migrado a Teotihuacán y contribuido a la reorganización de la ciudad, llevando consigo saberes astronómicos que quedaron integrados en el diseño urbano.
Más allá del 20 y 21 de marzo: el verdadero calendario solar de Teotihuacán
Jesús Torres Peralta insistió en que el equinoccio de primavera no es la única ni necesariamente la principal fecha astronómica de Teotihuacán. Sostuvo que la antigua urbe tenía un sistema mucho más complejo y refinado de observación solar, con múltiples fechas clave distribuidas a lo largo del año, varias de ellas con un peso ritual y calendárico incluso mayor al del equinoccio que hoy atrae a miles de visitantes.
Entre fechas, destacó que: 12 de febrero es el inicio del año teotihuacano
De acuerdo con el arqueólogo, el 12 de febrero marcaba el inicio del año mesoamericano o año teotihuacano, una fecha fundamental que, dijo, “acaba de pasar” y que merece mucha mayor difusión pública. En esa jornada, explicó, la Pirámide del Sol funciona como un verdadero marcador astronómico, señalando la salida solar y dando pie a una cuenta calendárica extraordinariamente precisa.
A partir de ese punto, los antiguos teotihuacanos iniciaban un conteo de 260 días hasta el extremo norte del recorrido solar, y luego un retorno a la Pirámide del Sol, seguido por un desplazamiento hacia el sur de 105 días, integrando así la articulación entre dos sistemas temporales:
Calendario de 365 días, vinculado al ciclo solar anual
El calendario de 260 días es de sentido ritual y agrícola en Mesoamérica
Para Torres Peralta, esta combinación es una muestra contundente del grado de sofisticación alcanzado por la civilización teotihuacana.
“No sólo era espíritu: también era ciencia”
Con una frase que sintetizó el sentido de toda su intervención, el arqueólogo sostuvo que el legado de Teotihuacán debe ser entendido en su dimensión integral: “No solamente es espíritu, religión, conciencia… sino también es ciencia.” Bajo esa premisa, defendió que los antiguos teotihuacanos tenían todo perfectamente medido, y que su conocimiento del cielo no puede reducirse a una interpretación meramente mística o esotérica.
En su explicación, incluso señaló que el calendario mesoamericano poseía una lógica de ajuste más constante y refinada que la del calendario occidental moderno, subrayando que, aunque el número total de días es el mismo, la forma de corregir y armonizar los ciclos muestra una comprensión del tiempo sumamente avanzada.
Este señalamiento cobra especial relevancia en un contexto donde, muchas veces, la narrativa turística o espiritual en torno a Teotihuacán invisibiliza la dimensión científica de la ciudad.
Las otras fechas sagradas del Sol en Teotihuacán
Torres Peralta también enumeró otras fechas de enorme importancia dentro del sistema de observación solar de Teotihuacán, que deberían formar parte de una agenda cultural y de divulgación patrimonial más robusta. Entre ellas mencionó el 13 de agosto, el 29 de octubre, 29 de abril, y 24 o 25 de julio, cuando ocurre el paso cenital del Sol.
Todas estas fechas están marcadas por el tránsito solar en relación con las pirámides y la disposición arquitectónica del sitio, lo que confirma que Teotihuacán fue concebida no sólo como una gran ciudad ceremonial, sino como una auténtica máquina de observación del cosmos.
El patrimonio teotihuacano no se agota en el espectáculo del equinoccio primaveral: su calendario solar ofrece una constelación completa de momentos clave que abren oportunidades para nuevas narrativas culturales, académicas y turísticas todo el año.
Arqueología y astronomía: arqueoastronomía puente para entender Teotihuacán
Otro de los conceptos más valiosos que dejó sobre la mesa el director de Museos fue la necesidad de mirar a Teotihuacán desde una perspectiva interdisciplinaria.
Relató que algunos de sus amigos astrónomos suelen bromear al decir que los arqueólogos pasan la vida mirando al suelo en busca de tepalcates, mientras que los astrónomos miran hacia el cielo. De ahí es que surge precisamente la arqueoastronomía.
Esta colaboración entre arqueólogos y astrónomos ha permitido en las últimas décadas, reconstruir con mayor precisión el modo en que los pueblos mesoamericanos, en particular los teotihuacanos, observaban el cielo, ordenaban el espacio urbano y articulaban sus calendarios.
Gracias a esa mirada conjunta, dijo, hoy es posible aproximarse mejor al “gran conocimiento” que poseían los antiguos habitantes de Teotihuacán, un saber que apenas comenzamos a dimensionar plenamente.
Resignificar Teotihuacán: de espectáculo masivo a experiencia consciente
Torres Peralta aprovechó para invitar a celebrar y difundir Teotihuacán durante más fechas y desde una comprensión más profunda de su patrimonio. Llamó a que visitantes, investigadores, promotores culturales y autoridades amplíen la mirada más allá del 20 o 21 de marzo, incorporando otras fechas astronómicas y experiencias que conecten a la sociedad contemporánea con la verdadera complejidad de la antigua urbe.
Compartió que este mismo año el 12 de febrero, ya se puso en marcha una nueva iniciativa ceremonial y cultural contemporánea para honrar el inicio del año teotihuacano.
El nuevo ritual del 12 de febrero: acompañar al Sol por la Calzada de los Muertos
Como parte de esta resignificación, el arqueólogo relató una experiencia profundamente simbólica y al mismo tiempo sustentada en el conocimiento arqueoastronómico.
El pasado 12 de febrero, explicó, se realizó una ceremonia moderna en la que participaron especialistas y asistentes para acompañar visualmente la trayectoria del Sol en un recorrido cargado de significado:
Observaron al astro surgir detrás de la Pirámide del Sol
Lo contemplaron desde el frente del monumento
Siguieron su desplazamiento a lo largo de la Calzada de los Muertos
Culminaron el trayecto ascendiendo la escalinata de la Pirámide de la Luna
“Eso lo hizo el Sol y nosotros tuvimos el placer de acompañarlo”, relató Torres Peralta, al describir una experiencia que se complementó con música, conferencias y un ejercicio de admiración colectiva frente a la monumentalidad y el simbolismo de Teotihuacán.
La escena, evocada en el contexto del evento del 20 de marzo, condensó el espíritu de la jornada: una celebración que no se limita a la foto turística, ni al ritual superficial, sino que apuesta por reconectar al público con una visión más amplia del sitio como centro de conocimiento, observación, memoria y patrimonio vivo.
Teotihuacán: patrimonio vivo con vocación científica, espiritual y turística
La intervención de Jesús Torres se convirtió en un tema de gran interés del programa conmemorativo en San Juan Teotihuacán, al aportar una lectura que equilibra tradición, crítica cultural, divulgación científica y sentido patrimonial.
La enseñanza es clara: Teotihuacán no sólo se contempla, se estudia; no sólo se siente, también se comprende; no sólo se visita en marzo, se celebra durante todo el año.
En esta nueva narrativa, más profunda, más rigurosa y más poderosa para el turismo cultural, el equinoccio deja de ser un evento aislado para convertirse en una puerta de entrada hacia el vasto calendario solar y ceremonial de una de las civilizaciones más fascinantes de Mesoamérica.